Visitamos uno de aquellos lugares que a primera vista no parecen muy atractivos, pues las atracciones principales del lugar eran las drogas duras y los trampolines mortales para saltar al río. A priori, no nos seducía la idea, pero pensamos en darle una oportunidad especial para ver los fabulosos paisajes de la zona y sobretodo, hacer “tubing”, bajar por el río montado en un neumático de tractor lleno de aire y sortear los diversos bares y rápidos que van apareciendo en el río.

Llegando al fantástico valle que se abre a unos 70 kilómetros de Vang Vieng, vimos un paisaje único en todo Laos, montañas altísimas que se levantaban puntiagudas en medio de un valle perfecto, verde y lleno de arrozales y búfalos de agua. Las vistas desde la carretera iban mejorando y convenciéndonos que el lugar merecía la pena de ser visitado.

Todos las aldeas que precedían Vang Vieng viniendo desde el norte no tenían desperdicio, la gente bañándose en el rio, campesinos con sus sombreritos cónicos plantando arroz y las vacas y los búfalos por todas partes pastaban por el camino.

La verdad es que esa era la idea que tenía de las montañas del sureste asiático, aquellas que todos hemos visto en los cuadros medievales asiáticos o sin ir más lejos, los dibujos de presentación de “bola de drac” (bola de dragón) entre muchos otros dibujos mangas con montañas ultra-místicas creciendo de golpe en medio del horizonte con forma en punta redondeada.

A pesar de la fama del pueblo, etiquetada como la ciudad más peligrosa del país, minada de ofertas turísticas más bien lamentables que luego describiré con detalle, lo primero que vimos fue la típica población relativamente fea, que tenía una calle principal minada de bares, restaurantes y tiendas para los turistas. Lo mejor, los alrededores naturales que se apreciaban fuera de la ciudad, montañas preciosas y el río Nam Song deliciosamente marrón por sus removidos sedimentos descendía apaciblemente con algún que otro turista borracho encima de un neumático.

La primera actividad en la que nos aventuramos fue un poco de “espeología” barata, cruzamos en moto una carretera que nos condujo al norte hasta llegar a unas aldeas que reseguían una acequia bastante ancha. El camino fue en si mismo una buena aventura, pues ibamos con un scooter de marchas por encima del barro, las piedras y las plantas como si fuéramos por el paris-dakar, evitando caernos en el riachuelo que teníamos al lado constantemente. Despues de cruzar un pozo cubierto de unos troncos sueltos llegamos a una caseta donde una mujer nos alquiló unos neumáticos y unas linternas conectadas a unas batería de moto. Equipados un con traje de baño nos adentrarnos inmediatamente en una cueva oscura y larga llena de estalactitas donde para moverse era necesario cogerse a una cuerda que recorría buena parte de la gruta.

Una vez cruzada la entrada bastante estrecha, y claustrofóbica, el techo de la cueva se volvió mucho más alto y variado, en pleno silencio y con un eco impresionante solo escuchábamos las gotas chocando contra el agua. Yo al principio estuve nadando dentro del agua y pude apreciar que el lugar era bastante profundo, pero poco después me subí al neumático para relajarme y sacar unas fotos. La verdad es que fue genial y lo mejor de todo también fue que solo pagamos 10 mil kips (1 euro) eso si, pagamos a una mujer que se acoplo a nuestra visita, pues era la “guía” que más que ayudarnos, nos dijo cuando no podíamos seguir… pues la cuerda se terminaba y si uno quiere puede seguir, pero no es muy recomendable pues algunas corrientes de agua podrían adentrarte al interior de la cueva y eso ya no sería tan divertido.

La segunda actividad fue la más famosa, el tubing, así que nos cogimos las cámaras de aire de tractor y un tuk-tuk nos llevo unos kilómetros río arriba para descubrir el variopinto y salvaje mundo del tubing en Vang Vieng, básicamente te subes al flotador, y te dejas llevar por la corriente en un río más o menos tranquilo, y con bastante frecuencia unos laosianos ansiosos de dólares te empiezan a gritar desde las orillas donde tiene sus fantásticos bares hechos completamente de bambú. El método para atraer al cliente es muy interesante, literalmente te pescan, te lanzan una cuerda con un trozo de bambú, y si quieres te dejas llevar, hasta su bar, donde casi seguro te ofrecen chupitos gratis de LaoLao, que sería como un orujo de los fuertes. Acto seguido, te puedes pedir algo para beber, y tomar el sol. Los más aventurados, pueden probar y saltar a través de unos trapecios colocados en trampolines de 5, 10 o hasta 20 metros de altura. Yo probé suerte sin pensarlo dos veces en el de 5, y os aseguro que da miedo, así que no lo reflexioné demasiado y me tiré, pegándome un planchazo de los buenos… luego me arrepentí, pero al menos lo intenté. Sara se rajo, literalmente a las puertas del salto, se dio cuenta que no era aspirante de saltos olímpicos y se volvió por donde subió (mujer sabia).

Ya con algunas cervecitas y habiendo observado como los laosianos saltaban haciendo piruetas mortales invertidas como coser y cantar desde los 7 años, vimos algunos “guiris” como nosotros animándose al salto y fue entonces cuando comprendimos por que alguna vez se abren cabezas como cocos por allí. Nosotros no saltamos ni una vez más, pensamos mejor en ir bajando el río y disfrutar del paseo. Fue al final de la jornada cuando volviendo al pueblo, vimos algunos que otros extranjeros montando un numerito sorprendente. Gente borracha, drogada que no se sostenía en pie, incluso gente cubierta de barro con las caras pintadas y todo tipo de especimen paseándose por la calle principal, confirmando la regla de todo lo que es “happy”. En Vang Vieng, es posible encargar una pizza “happy” o un batido de frutas “happy” u otras cosas “happy”, lo que significa un añadido de opio u otro derivado para enriquecer la receta. Fue un poco vergonzoso para mi, pues eran occidentales dando la nota en Asia, pero si en este pueblo de Laos ofrecen opio, marihuana, etc, como principal atracción que podemos esperar… turistas drogados y borrachos soltando dólares fácilmente. Era un completo zoo, incluso vimos laosianos sacando fotos a los inconscientes turistas drogados que generalmente eran veinteañeros con ganas de ir al hospital.

En nuestra guesthouse en apariencia completamente normal, había un folleto con las reglas de comportamiento del lugar, lo mejor era la regla número 13 indicando: no trafiques, no realices reuniones “políticas” en tu habitación, no traigas prostitución y no te drogues en el recinto. Pero luego, en otra página había un comentario donde decían que hacían la vista gorda a la regla número 13.

A la semana siguiente de nuestra visita, una chica bajo los efectos del alcohol, se tiró por un tobogán de cemento de unos 10 metros de altura de pié, dándose un golpe en la cabeza y llegando al río muerta. Esto nos confirma la fama del lugar, que cuenta que cada año mueren turistas aquí y no es de extrañar con estos comportamientos.

Por otro lado y olvidando estos tristes sucesos, tenemos otra actividad fantástica por hacer en la región, una ruta circular por carreteras de tierra y piedra, donde se pueden visitar cuevas, cascadas, villas y lagunas para darse un baño. Nosotros fuimos con nuestra scooter que tenía ya algunos que otros ruidos sospechosos por el trote que le dábamos. Ya en la ruta, nos liamos por que el camino está minado de carteles escritos a mano por los laosianos, poniendo nombres falsos a las cuevas para confundir a los turistas y encarrilarlos a sus zarpas. En las puertas de una cueva “timo” nos encontramos con varios laosianos vendiendo tickets de entrada a 10 mil kip, cayendo en las malvadas garras de estos avispados locales, fuimos a ver una cueva completamente inaccesible y con un sendero de lo más peligroso, obligándonos a volver atrás. Ese mismo lugar te ofrecía un supuesto lago azul refrescante para bañarse, pero era más bien verde marrón sucio y no tenía nada de sugerente. Kilómetros más tarde descubrimos que le habían dado el mismo nombre que la cueva y el lago original que andábamos buscando el “Blue Lagoon” y la “Tham Phu Kham Cave”, fue entonces cuando pudimos disfrutar de un maravilloso chapuzón en aguas azules transparentes a la sombra de un gran árbol desde donde te podías tirar de sus largas ramas y columpiarte a pocos centímetros del agua o incluso dentro. Con una gran zona verde de picnic, y un puente con techo de madera, el lugar era de lo más idílico. Cientos de mariposas de todos los colores volaban por el lugar y bebían de algún que otro charco dándole un encanto al lugar sin igual.

Siguiendo el camino, otro día pues nos pasamos uno entero en el “blue lagoon”, retomamos la ruta y disfrutamos de las mejores vistas del lugar, las aldeas y los arrozales a pie del camino. Vimos como separaban el arroz y lo limpiaban para poderlo empaquetar en grandes sacos; puentes larguísimos de bambú que cruzamos encima de la moto apretando el “pompis” para que no se desmoronase todo el invento; gente construyendo nuevos embalses para contener los ríos antes de la temporada de lluvias; todo tipo de campesinos trabajando la tierra o incluso unos criadores de peces que nos invitaron a su casa a tomar unos refrescos y nos explicaron como alimentaban a sus peces para poderlos vender en el futuro. Entonces descubrimos que las mujeres de Laos no comparten la mesa con los hombres, y ellas cocinan todo mientras ellos zampan. Lo sorprendente fue que me querían invitar solo a mi a comer con ellos y pretendían que dejara a Sara bebiendo sola en otra parte de la casa. Rechacé la invitación, pero fue entonces cuando nuevamente nos invitaron a beber el tan disfrutado LaoLao (licor de arroz) de unos 40º o 50º, ¡a eso no me negué!

Así pues, finalizamos la jornada cerrando la ruta circular y regresando de nuevo a Vang Vieng para relajarnos en alguno de sus bares, y contemplar de nuevo el festival de borrachos y drogados. Un detalle que no quiero dejar pasar es la cantidad de bares que ponen durante todo el día “Friends” ininterrumpidamente, en inglés y con subtítulos en inglés; atraídos como moscas a la mi… los extranjeros se aglutinaban a la tarde y cena viendo la serie como si fuera la primera vez… hay que ver como somos.