Con intenciones de ver algo de mundo rural, y disfrutar de algunas caminatas por la naturaleza, fuimos a Pai. Un pueblecito perdido en las montañas del noreste, en la región de Mae Hong Son, donde acceder al lugar se torna en la fiesta de bus cochamobroso. Entre paquetes, personas, monjes y asientos rotos, ubicas tu trasero y rezas para no mojarte cuando llueva, pues la ventana no cierra y el de tu lado ha decidido usarte como reposabrazos, o peor aún, como cojín.

Superada la prueba del bus, llegamos a este bonito pueblo, que parece estar ideado para el hippy, lleno de personajes creativos y vendedores de artesanía para culminar tu aspecto rastafari. El paseo principal es una mezcla de agencias de viaje caseras, tiendas de libros de segunda mano, más artesanía, y sobretodo, restaurantes de todo tipo, desde sencillos hasta el más recatado local pijo que puedas encontrarte en el barrio de gracia o el borne en Barcelona.

Curiosamente, todo es lo de siempre, y si tienes un local “pijo”, al lado tienes la barraca con la misma comida, solo que 3 veces más barata. Cruzando el río, un peculiar y bananero puente hecho de bambú, y franqueado por varios perros callejeros, nos dio acceso al hostel que andábamos buscando. Unas humildes cabañitas hechas de paja y cañas, con vistas al río o adentradas en el campo, nos ofrecieron todas las comodidades que necesitábamos. Hamaca en la terraza de la cabaña, mosquitera en la cama y baño con agua caliente, ¿qué más se puede pedir?, unos cuantos geckos en el techo, cuidando de nuestro espacio aéreo libre de mosquitos.

Para dar a entender un poco más el ambiente del lugar, podemos contar como unos niños jugaban en el río al atardecer con un balón de fútbol y los perros se quedaban la pelota cuando salía del agua para ganar protagonismo en el partido. Cualquier vendedor se resguardaba del sol en su puesto, durmiendo todo el día y los puestos de motos de alquiler predominaban por doquier.

Averiguamos los puntos de interés del lugar, al pedir precios de alquiler de moto en un gran negocio chino, donde en un mapa dibujado por el nieto del gerente, se destacaban los siguientes puntos: Pueblo ancestral (Wiang Nur), 1 puente de la segunda guerra mundial, Aldea china (Santichon), templo Pra That Mae Yen, Cataratas Mo Paeng y Pam Bok, Cañón de Pai y multitud de campos de elefantes privados.

Por otro lado, la actividad principal del pueblo se centra en los trekkings de pago. Basados en un sistema de 1 a 3 días, es posible contratar a un guía para andentrarse en la selva, subirse en elefante, hacer rafting en balsas de bambú y dormir en alguna que otra aldea perdida en la selva. Suena muy bien, pero el precio no tanto, y en esta época del año el rafting ya no era posible por el bajo nivel del rio, así que descartamos la idea.

A simple vista parecía que teníamos mucho que hacer, así que alquilamos la moto, eso si en otro sitio más roñoso, para dar dinero a otros que no fueran los chinos esos que tenían muchas motos y un local muy espléndido, no vaya a ser que el dinero se acumule en las mismas arcas.

Así que ya en marcha fuimos a ver cada uno de esos lugares, que sin extenderme demasiado voy a describir. El puente de la segunda guerra mundial, los campos de elefantes y el cañón de Pai fueron los únicos lugares que merecieron la pena, pues son sin duda los sitios más auténticos y decentes de la lista. Respecto a los demás, podríamos etiquetarlos de chiste, utopía, falacia, o quizás estrategia comercial.

El pueblo ancestral, tenía un viejo pórtico que se caía a trozos y el resto un pueblo como cualquier otro, sin nada más ancestral que mi viejo callo del pié derecho; La aldea china, lo era gracias a algunos fanalillos rojos chinos colgando de algunas cochambrosas callejuelas sin plaza central ni templo, ni tan solo piedra histórica, todo cementito del bueno y alguna que otra barraca; el templo destacado, daba algo de pena, desgastado, con pinturas descoloridas hechas de hace pocos años y con una arquitectura más bien simple, comparada con muchos otros lugares vistos; por no hablar de las cataratas, que más bien eran unos riachuelillos que descendían tímidamente entre las piedras y terminaban acumulando sus aguas entre algunas que otras basuras que tanto gustan a los tailandeses, pues ellos se bañaban como cerditos en el barro.

En la cascada de Mo Paeng, era posible hacer descenso por la roca mojada como si fuera un gran tobogán, la gente se lanzaba para terminar en el agua. Altamente divertido, si no temes partirte el fémur o pisar los restos de una litrona de cristal que yacen plácidamente en el fondo del agua. Puede parecer que exagero, pero no hacía falta fijarse un segundo para descubrir restos de cristales por alguna que otra orilla, si es que el botellón mola mogollón. Es una lástima, por que estaríamos hablando de otro modo si no fuera por estas feas costumbres tailandesas, ya que el lugar podría ser mucho más limpio y agradable, pero no es así.

Con respecto al puente de la segunda guerra mundial, fue construido por los tailandeses por ordenes japonesas en plena segunda guerra mundial para controlar el lugar estratégico y atacar las colonias inglesas en Birmania, quemado por ellos mismos al perder la guerra y reconstruido por los tais al haber visto las ventajas de tener un bonito puente. Fue destruido nuevamente por una inundación y reconstruido nuevamente por estos tais tan trabajadores. Hoy en día es un bonito puesto turístico que permite imaginar como fue todo aquel berengenal.

El cañón de Pai, es un lugar ubicado en la carretera principal hacia Chiang Mai, de fácil acceso, a unos 150 metros del apeadero. Ofrece unas bonitas vistas del lugar y unos caminos bastante peligrosos donde se debe pasar por estrechas gargantas acantiladas para llegar a todos los miradores. El atardecer es una hora recomendable para visitarlo, debido a la belleza de sus montañas y bosques selváticos que se reparten en todo el horizonte con la “magic hour” del “sunset”.

Para completar la jugada, los campos de elefantes, son lugares donde con ojos fríos, puedes ir a contemplar estas magníficas criaturas, acariciarlas, hacerles fotos, e incluso montarte en ellas y darte un paseo por la selva o el río. Digo con ojos fríos, porque en todos estos campos privados, donde suelen tener 2 o 3 elefantes, se les cuida, obviamente como medio de manutención, para vivir, para hacer negocio, en ningún caso para promover la especie y ampliar su población. No para mejorar la condición salvaje de la zona, pues antiguamente los elefantes vivían libremente en las montañas repletas de bosques y selva, pero hoy, sirven encadenados las ordenes de sus dueños. Por eso nosotros no pagamos para montarnos en ellos, nos presentamos a ellos, los respetamos, los acariciamos, les hicimos fotos y dimos una pequeña cantidad a su criador mencionando que usara el dinero para cuidarles mejor. Son actitudes que quedan libremente a decisión personal de cada uno, pero en esas condiciones, montar un elefante por pura diversión, no sigue el patrón de nuestro amor por el mundo animal.

Después de haber descubierto todos los rincones recomendados en el mapa casero, decidimos perdernos un poco por las carreteras rurales y ver más de cerca las vidas de esta gente. Fue entonces como más disfrutamos, llegando a entrar en alguna que otra granja donde secaban ajos y cebollas en grandes casas de madera y cortaban la madera de forma tradicional para su uso en la tierra. Los ganaderos andaban por las inmensas terrazas de arroz, secas en plena temporada de verano y las motos cargadas con cestos de mimbre trajinaban de arriba a abajo por los senderos de tierra que cruzaban los arrozales.

Casas de madera con preciosas terrazas y grandes espacios de sombra cobijaban a los críos que jugaban y a los abuelos que charlaban de sus menesteres. Incluso tuvimos la oportunidad de encontrar una escuela de monjes con su templo, infinitamente más bonito que el recomendado anteriormente en el mapa. Aquí encontramos a unos niños con sus túnicas leyendo sus deberes en la sombra, y a otros jugando con gatos y viendo la tele a falta de mentores pendientes en el lugar (si a fin de cuentas somos todos iguales). Dentro del templo, un abuelo parecía estar muerto en medio del suelo, pero simplemente se había quedado frito leyendo y tenía una estampa muy fúnebre.

En definitiva, nosotros estuvimos un par de días, por que se me ocurrió darme una comilona a medio día y caer muerto de la digestión a 40º en la cabaña, haciéndose obligatorio alargar la estancia un día más para completar la ruta que queríamos hacer en el lugar. Pero es posible dedicarle un solo día y salir pitando del lugar, en cualquier caso, todo depende de los ojos con los que se mire, puede ser un sitio divertido para descansar ese par de días.

Precios de interés:
Alquiler de la moto: 100 bahts
Cabaña en el rio: 200 bahts
Trekking de 1 a 3 días: de 1800 a 3900 bahts