Después de pasar un día en Pakse decidimos ir a descansar unos días a una de las 4.000 islas que hay en el Mekong, justo en la frontera con Camboya. Fuimos camino a una de las más tranquilitas, la pequeña Don Kho

Lo mejor de este viaje fue el camión-bus que cogimos porque no quisimos pagar el precio del cómodo y aburrido transporte en furgoneta para turistas. Así que fuimos como todo buen laosiano en esa especie de mini camión con bancos en su parte trasera. El viaje empezó más o menos tranquilo y estábamos sentados bastante anchos, pero rápidamente descubrimos que en laos donde cabe 1 caben 2 y siguiendo la regla donde caben 15 caben 30 así que proseguimos el viaje todos bien juntitos con mucho cariño. El viaje iba a ser algo largo, como unas 3 o 4 horas, pero no nos dio tiempo a aburrirnos.

A cada parada una patrulla de mujeres y niñas bien decididas a vender asaltaba nuestro camión y no se sabe cómo encontraban rincones libres para meternos 20 pollos delante de las narices y había que tener cuidado que no te saltaran el ojo con una ala. Eso era lo más agradable porque en alguna ocasión pude ver algunas decenas de saltamontes rebozados clavados como pinchitos en un palo al lado de mi oreja.

Fue una experiencia de lo más auténtica y divertida, excepto cuando veías a la abuela de turno metiéndose en la boca todo tipo de cortezas de yo qué sé qué junto con una hoja verde a la que le untaban algo blanco, un poco de tabaco y las semillas de una frutita redonda que no he visto en mi vida todo junto. El resultado era como ver a una vieja con la boca sangrante y masticando con los pocos dientes negros que le quedaban y escupiendo algo asquerosamente rojo en una bolsa de vez en cuando como si estuviera escupiendo sus propios dientes llenos de sangre. De verdad que es tan asqueroso como lo pinto, y todo esto por estar enganchadas al tabaco de mascar…

Después de este fantástico viaje por el que tuvimos que pasar por caminos de tierra que levantaban tanto polvo que parecía que estábamos en medio de una tormenta de arena (una vez más, no exagero) llegamos a Nakasang desde donde el bote nos cruzaría a la isla. Cuando bajamos del camión me miré el brazo y parecía que estaba muy morena, hasta que me pasé el dedo y descubrí una gruesa capa de polvo por todo mi cuerpo, por no hablar del pelo de bruja avería color marrón que se me había quedado.

Así que con nuestras mochilas y 3 kg de polvo encima nos subimos a una rústica barca de madera a motor que esquivando pequeños islotes en el ancho río nos dejó en el pequeño y tranquilo pueblo de Don Khon donde nos hospedamos en otro pequeño y agradable bungalow junto al Mekong, todo por el fantástico precio de 1’50 €.

El día siguiente lo dedicamos a hacer lo único que puedes hacer en esta isla a parte de disfrutar de tu hamaca: alquilar una bicicleta y recorrerla entera.
El caso es que puesta en mi papel de ahorrar hasta el último céntimo una pareja inglesa me chivó que haciendo la ruta del revés en la isla te saltabas el peaje que había de entrada a las cascadas y el templo (las únicas dos cosas de interés). Así que cogimos el camino que bordeaba toda la isla hacia la derecha y bajamos tranquilamente atravesando casitas de madera y niños bañándose y jugando en el río por un caminito de arena hasta llegar al punto donde se puede ver la técnica de pesca que impera en la isla. Como la isla está llena de mini cascadas por todas partes aprovechan la fuerza del agua y ponen un especie de colador hecho con cañas de bambú en el que el pez queda atrapado en la superficie después de dejarse llevar por la caída del agua.
Después de un ratito pedaleando llegamos a la punta sur de la isla desde donde se podía ver Camboya al otro lado. En este punto se podían ver los restos del ferrocarril que construyeron los franceses para comunicar Don Khon con Don Det, la isla vecina. Los restos básicamente eran una especie de plataforma junto al río que debía ser el final de la vía y un pedazo de las calderas tiradas a un lado y ya muy oxidadas. Ese punto era también interesante porque desde allí salen los botes que te llevan a aguas Camboyanas donde habita el delfín del Mekong, en gran peligro de extinción, y en esta época es sencillo verlo nadar y asomar la aleta superior por la superficie. Como de delfines ya estamos servidos después de la fantástica experiencia en Hawaii seguimos nuestro camino siguiendo por lo que quedaba del antiguo camino del ferrocarril y no es más que un camino lleno de piedras y rocas que lo hace casi imposible pedalear con nuestras modestas bicicletas laosianas de paseo (que son las únicas que hay en el país). Así que lo hicimos a ratos caminando y a ratos botando por los caminos hasta que llegamos unas grandes cascadas llamadas Li Phi Falls que más que bonitas eran impresionantes por la gran cantidad de agua que pasaba.
El día lo acabamos volviendo tranquilamente con nuestras bicicletas en la mano y charlando tranquilamente entre campos de arroz llenos de búfalos de agua tomandose un baño con Adriana, la chica colombiana que habíamos conocido en Muang Ngoi Neau y que habíamos encontrado por arte de magia en medio del camino a las cascadas. Si es que ¡el mundo es un pañuelo!

El día siguiente lo pasamos tranquilamente escribiendo alguno de los artículos de Laos en uno de los numerosos chiringuitos que había en el pueblo y viendo la lluvia caer. Llovía tranquilo, pero en algún momento apretó tanto que el agua se colaba por todas partes traída por el viento huracanado y hojas de palmeras volaban y cocos caían por todas partes. Era como estar en medio de un tifón, tuvimos que alojarnos en la casa de la familia que tenía el chiringuito.

Afortunadamente la lluvia pasó y al día siguiente volvimos a Pakse para luego tomar un bus de vuelta a Bangkok desde ahora escribo, aquí sentada en el Café Lampu sentada en unos futones y escuchando a unos tailandeses y un “falang” tocando en directo “No woman no cry”.

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