
La llegada a Vientiane fue como una salvación. Se dice que Vientiane o te gusta o no te gusta. A nosotros desde el primer momento nos pareció una ciudad de lo más curiosa. Para empezar es la capital de país más agradable y tranquila en la que hemos estado. Casi no hay vehículos y se puede ir caminando a todas partes. Y lo mejor de todo es que se puede ver bien sin estreses en un par de días. La verdad es que a parte del Patuxai, un arco del triunfo en versión asiática que construyeron los laosianos con influencia francesa lógicamente, hay un par de templos que son indispensables de visitar como el Wat Shi Saket, de aspecto muy antiguo y el monumento nacional por excelencia: el Pha That Luang con una bonita estupa dorada.
El mercado municipal Talat Sao es también un lugar interesante a visitar para darse cuenta de lo tonto que es uno cuando piensa que está haciendo la compra de su vida con unas Converse en NY. En este mercado se vende de todo, Converse a precio más realista (no olvidemos que ahora se hace todo en la China), sedas, artesanías, cestitos de mimbre, y hasta marfil por no hablar de las miles de cosas útiles que van dirigidas a los laosianos como electrodomésticos, ropa, etc…
A parte de esto lo mejor que uno puede hacer en Vientiane es perderse por sus calles e ir descubriendo las bonitas casas coloniales que dejaron los franceses y escoger el rincón preferido para comer o tomar algo tranquilamente. Hay cientos de locales súper agradables y con comidas de cualquier parte del mundo para degustar.
Todo ello sin olvidar echar un vistazo al gran Mekong y poder ver a los pescadores faenando en sus barcas y justo al otro lado de la orilla: Tailandia.

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