
Durante nuestra visita, descubrimos calles tan bonitas como paseos con canales de agua seseantes, arboles típicos chinos adornando sus calles, edificios de madera preciosos con sus tejados curvados y acabados llenos de escudos y simbología china. Todas sus esquinas y cruces no tenían desperdicio, algunos comercios antiguos y sobretodo la atmósfera más auténtica. Gente mayor jugando al Mahjong en la calle y a otros juegos de mesa chinos, mujeres y niños vestidos con sus bonitos trajes típicos y algunos artesanos trabajando delante de los portales de sus negocios.
La verdad es que para nosotros fue una verdadera maravilla inesperada, algo digno y comparable al mismísimo Kyoto o Nara en Japón, solo que aún más tranquilo, menos turístico y sobretodo, más pueblo.
Alguna de las calles se desvelaban con templos budistas, donde aprovechamos para entrar y descubrir sus peculiaridades, por lo general muy adornados de plantas, árboles y demás motivos de dragones serpenteantes.
Encontramos aquellos detalles que te hacen sentirte en un lugar remoto, como ancianos arrugados fumando con sus pipas de hierro o un calígrafo chino que nos ofreció fortuna al escribirnos un par de textos en chino sobre delicados lienzos de color rojo intenso con su contrastada y famosa tinta china.
Ya con nuestros papelitos chinos y con unas fotos de ole, nos fuimos a ver el paseo del río y descubrimos que la zona en si misma era interesante, pero a falta de tiempo, nos dimos una vuelta hasta la zona de casas de té, para ver como se relajan los chinos una tarde de un día cualquiera a la sombra y jugando a algo, eso siempre.
Un lugar que nos ha definido la categoría cultural y arquitectónica de China y marcado todo un hito en nuestro viaje.







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