Entrando en la provincia de Yunnan por primera vez, fuimos a descubrir las antiguas calles de la ciudad de Lijiang. Una ciudad con cientos de años de antigüedad, reinada durante la dinastía Ming y Qing. La ciudad en si misma es bastante grande y tiene una parte nueva. Claramente, nos hospedamos a pocos minutos del corazón de su casco antiguo, en una fantástica guesthouse, que formaba parte de la arquitectura original de la ciudad. Una casa con ornamentaciones religiosas, suelos pavimentados artesanales y tejados de madera y piedra, toda una experiencia para adentrarse en el estilo de vida de Lijiang.

Ya paseando sus callejuelas estrechas llenas de adoquines de piedra, fuimos encontrándonos muchas abuelitas Naxi que iban en pareja, hablando entre ellas muy ajetreadas en sentido hacia en centro de pueblo. Sus ropas una vez más, las tradicionales de color azules, negras y blancas, dando un especial colorido y atmósfera al lugar.

El camino nos descubrió antiguas casas de artesanía donde se trabajaba todavía la plata, el cobre y otros metales para forjar, joyas, brazaletes, teteras y demás elementos para la casa, pudiendo ver al propietario del taller aún forjando sus artesanías en la puerta de la calle. Algunos establecimientos de comida típica, donde mujeres muy sonrientes y otras no tanto, ponían a la venta, panes redondos típicos de la provincia, compotas y mermeladas y otro tipo de comidas más elaboradas que podían degustarse en el interior de sus casas provistas de magníficos patios interiores llenos de flores y plantas.

El meollo comenzó a descubrirse cuando llegamos cerca de la plaza central del pueblo, donde centenares de personas estaban paseando y comprando en las super-turísticas tiendas de souvenirs. Lo único bueno de todo esto, es que los turistas eran chinos, por lo que la sensación de estar en un lugar turístico era al 50% de lo que sería si fueran turistas occidentales. Así pues, driblando la marabunta, fuimos paseando todas sus calles y disfrutando de las bonitas vistas de cada calle, claramente un pueblo muy activo y vivo, donde es prácticamente imposible aburrirse.

Descubrimos una antigua residencia noble, que se encontraba perdida entre los cientos de calles del pueblo, una vez dentro, disfrutamos de un increíble escenario chino, con su gigantesco jardín acompañado de canales de agua, arboles autóctonos, edificios perfectamente simétricos al puro estilo de las pinturas orientales. Con deliciosas escrituras chinas por diversos rincones, todo ello rodeado de una colina montañosa y frondosa que nos permitió ir ascendiendo por sus diversas parcelas de la residencia. Una vez arriba acabamos contemplado un fabuloso paisaje con toda la ciudad a nuestros pies con sus aglomerados tejados de piedra y madera.

Regresando a pie de calle, investigamos las calles para encontrar algún sitio donde comer, siendo finalmente un restaurante donde en su interior tenían una parte del fabuloso canal del pueblo y podías comer tranquilamente mientras oíamos el fluir del agua.

Al acabar el día, regresamos a la guesthouse para recuperarnos de tanto caminar y una vez habíamos cenado en una pequeña casa donde tuvimos que usar a un turista chino que hablaba algo de inglés para pedir la carta, fuimos a dar un último paseo para contemplar las luces de la noche. Un mágico espectáculo de color rojizo, gracias al sin fin de fanales de papel rojo que colgaban de todos los negocios de la ciudad. A parte de eso, desde un lugar más alto pudimos ver el bullicio luminoso de sus calles y sacar algunas fotos interesantes.

El último día fuimos a una población llamada Baisha, que nos habían recomendado, sin embargo, fue una completa decepción, pues al llegar ya vimos que no había casi nada de interés, el pueblo era feo, la gente vestía normal, y solo había agresivos locales que querían venderte todo tipo souvenires gritándote un “hello” cada 5 segundos. Ló único bueno eran algunos restaurantes de comida orginal Naxi y si hubiera hecho mucho mejor día, pues estaba lloviendo, era alquilar unas bicicletas y explorar la región, pues representa que el lugar estaba rodeado de magníficas montañas que no vimos por los espesos nubarrones que había.