Para llegar a Litang, un fantástico pueblo en la provincia de Sichuán donde se empieza a respirar el auténtico espíritu tibetano, tuvimos que sufrir el penoso paso por Xiangcheng. Un pueblo en apariencia revelador por poseer casas de origen tibetano ubicadas en unos gigantescos valles, donde los paisajes eran increíbles.

Lamentablemente, el pueblo de Xiangcheng, colocado a medio camino entre Shangrila y Litang era horrendo, feo, gris, y sobretodo lleno de hoteles y casas de hospedaje para chinos. Eso significa que después de explorar donde quedarnos a dormir, descubrimos lugares que apestaban a perro muerto, lavabos sucios y viejos con “regalo” en su interior.

Una vez encontramos un lugar “correcto”, fuimos a ver el nada apetecible Xiangcheng, pues al final del pueblo había unas bonitas vistas al valle aderezadas con antiguas casas tibetanas que nos ayudó a olvidar el feo estilo del pueblo nuevo. Ya una vez arriba fuimos a ver los monasterios que regentan la zona y fue aquí donde encontramos de nuevo un lugar donde habían reconstruido por completo el templo y por suerte para nosotros, aún permanecía un edificio original que pudimos pasearlo desde su exterior, pues a los pocos minutos algunos “lamas” nos abordaron con la intención de cobrarnos la entrada al interior del templo. A veces se comportaron un poco ansiosos al ver que no nos interesaba el interior de su bonito templo, pero casualmente ese día conocimos a una chica del pueblo que nos acompañó y nos explicó que los monjes de ese templo a veces son un poco “peseteros” y no le agradaban mucho, así pues ignoramos sus intenciones.

Ya a la mañana siguiente bien temprano “escapamos” literalmente del pueblo conociendo a dos ingleses Tom y Andrew, que estaban viajando por la zona e iban también a Litang.

Al llegar a Litang descubrimos que el lugar respiraba un aire tibetano mucho más auténtico que el resto de lugares visitados. Viniendo por el camino descubrimos varios campamentos nómadas y la mayoría de gente vestía sombreros y ropas típicas, mientras paseaba por las calles de camino al mercado, comiendo en puestos de comida o rezando por el camino con sus “báculos giratorios”. Estos instrumentos de oración contienen en su interior unas escrituras sagradas en tibetano, a su vez, el portador hace girar el bastón en sentido de las agujas del reloj mientras realiza sus oraciones y en su otra mano sostiene una especie de rosario que ayuda a contar los pasos de las oraciones.

Ya degustando el pueblo y disfrutando del infinito buen humor de sus habitantes, nos cruzamos con personas de aspecto verdaderamente bravo, vaqueros puramente dicho al estilo asiático. Gente de carácter nómada, algo gitanos de aspecto y con una personalidad fenomenal, todos nos saludaron con un imponente “hello” o también un “tashi delek”, tratando de llamar nuestra atención. Otra cosa que les sorprendió muchisimo era mi barba y todo mi pelo en las piernas (está escribiendo Roger), al parecer muy escaso en estas gentes, se reían y trataban de tocármelo mientras compartíamos sonrisas (donde hay pelo hay alegría).

Caminando hacia el monasterio Chode Gompa, encontramos por el camino gente aún más increíble, rural y creyente, rezando en todo momento, sentados o volviendo del templo. Fue una experiencia increíble compartir unas palabras con ellos y descubrir su calidad y hospitalidad.

Dentro del templo, fue una gran sorpresa descubrir que llegamos a la hora del rezo de los lamas que viven en su interior, todos ellos equipados con túnicas rojas y amarillas de colores brillantes, se organizaron súbitamente para rezar, aceptando nuestra presencia. Una vez dentro, cerraron las puertas y empezaron a desfilar todo tipo de monjes, oradores, portadores de té, monjes con cuencos de incienso humeante, y lo mejor de todo, monjes con sombreros típicos de color amarillo que recordaban a los antiguos cascos de los tribunos romanos. El monje más importante del monasterio vestía unos ropajes aún más espectaculares y brillantes, paseándose con un aspecto temible, iba observando a sus inferiores preparándose para una ceremonia que duró unos 20 minutos cantando y orando en susurros, convirtiéndose en una experiencia espiritual realmente profunda, por no mencionar el misticismo del lugar y como la luz del día se colaba en su interior, iluminando la figura sagrada principal y sus adoradores.

Sin duda ese momento cundió lo necesario para visitar Litang, pero aún quedaban algunos platos fuertes como la estupa principal del pueblo o los campamentos nómadas.

Al día siguiente tomamos un taxi y fuimos a visitar la Montaña Sagrada de Litang, donde había nuevamente otro templo, pero lo mejor sin duda, los paisajes verdes de las “Grasslands” y unos hospitalarios nómadas que habían montado una tienda nos invitaron a comer con ellos, cerca de las banderas de rezo que daban colorido al lugar. Fue un picnic al estilo nómada, bajo nuestra tienda hecha a mano, con comida y bebida tibetana, tuvimos la oportunidad de probar el té de yak (el ganado más común de la región), muy mantecoso, era como beberse un yogurt de queso caliente, bastante fuerte y muy calórico, ideal para superar los más de 200 días de frío que viven estas gentes durante todo el año.
Se trataba de una familia bien numerosa, con abuelos, tíos, padres, hermanos, niños, bebes… En el grupo pudimos ver los diferentes cambios generacionales, los abuelos y personas de mediana edad vestían con algún que otro detalle típico o con ropajes completamente tradicionales, mientras que los jóvenes iban con vaqueros y cazadoras de cuero. Todos ellos con cuchillos para cortar la carne secada al sol, incluso sacaron una espada para cortar la carne a lo burro. Uno de los miembros de la familia era un monje del monasterio de la montaña y se unió con nosotros con una videocámara, hay que ver…

De vuelta a la ciudad, nos paramos durante 1 hora en un campamento nómada, donde estaban celebrando alguna fiesta que no llegamos a descifrar, en apariencia una boda, pero no encontramos a la novia, solo a un bravo novio y un montón de tibetanos bailando sin parar en una gran carpa central. En el momento de nuestra llegada, adquirimos toda su atención, siendo rodeados completamente y abordados con “hello” y todo tipo de frases incomprensibles, eso si, sonrisas y tirones por todos lados.

El campamento estaba organizado en círculo, con una gran area central donde se encontraba la carpa con los que bailaban, rodeada de otras muchas tiendas de color blanco o verde. Tuvimos la suerte de que una niña de 16 años chapurreaba algo de inglés y nos fue contando que en el poblado vivian bastantes familias y que algunos jóvenes estudiaban en Litang a unos 15 minutos en coche del campamento. Poco después fuimos visitando algunas de las tiendas, siendo presentados a las familias, invitados a comer y beber, descubriendo las comodidades de cada casa: sofas, mesas, sacos de dormir y colchones sobre la tierra donde se encontraban y sobretodo, un gran estéreo de música para tronar la tienda del vecino.
Incluso encontramos a un niño tibetano de 14 años que era tan espavilado que pretendía venirse con nosotros a España dentro del bolso de Sara, por suerte no cabía.

Por la tarde fuimos a visitar la Estupa de Litang, un lugar religioso, donde los creyentes, rezando, realizaban varias vueltas alrededor del templo. Mientras tanto, nosotros fuimos observando las gentes pasear con sus plegarias y contemplando un sin fin de rostros increíbles, curtidos por la vida y el frío.

Al anochecer, fuimos a conocer a Mr. Zheng, un chino que había montado un restaurante en el pueblo y que parecía tener inglés fluido. Este hombre, es al parecer el contacto más directo para poder recibir una invitación a un “Sky burial” (entierro en el cielo), una antigua tradición tibetana, que fue prohibida hace muchos años, pero que posteriormente fue reintroducida en la región nuevamente. No apta para hipocondríacos, se trata de un ritual donde el difunto es troceado y entregado a los buitres que viven en las montañas, incluso los huesos son machacados y mezclados con el cerebro, hasta finalizar con todos los restos mortales. La intención de dicho ritual es conservar el ciclo de la reencarnación, pues se cree que si los restos mortales pasan a los buitres, el alma podrá renacer, devolviendo a la naturaleza un cuerpo que el espíritu ya no necesitará, pues renacerá en uno nuevo.

Precios:
Taxi a la Montaña sagrada y al campamento tibetano: 70 Yuanes ida y vuelta.